Eclesiástico
Capítulo 50
El rey Josías y el profeta Jeremías
1El nombre de Josías es como incienso aromático preparado por un experto perfumista; su recuerdo es dulce como la miel o como la música en un banquete.
2Porque él se entristeció con nuestras traiciones y destruyó los ídolos detestables.
3Se entregó a Dios de todo corazón y fue bondadoso en un tiempo de violencia.
4Con excepción de David, Ezequías y Josías, todos los otros reyes de Judá llevaron una vida mala y abandonaron la ley del Altísimo.
5Por eso Dios entregó su poder a otros, y su gloria pasó a una nación extranjera e insensata,
6que incendió la ciudad santa y asoló sus calles.
7Así lo había anunciado Jeremías, hecho profeta desde antes de nacer, para arrancar, derribar, destruir y demoler, y también para construir, plantar y restaurar; pero la gente lo maltrató.
Ezequiel y los otros profetas
8Ezequiel tuvo una visión y describió los seres del carro de Dios.
9También mencionó a Job, que se mantuvo firme en su rectitud.
10También están los doce profetas: ¡que sus huesos florezcan en la tumba! Pues animaron al pueblo de Jacob y lo salvaron con la seguridad de la esperanza.
Después del destierro
11¡Cómo podremos honrar a Zorobabel, que es como un anillo en la mano derecha,
12y a Josué, hijo de Josadac! Ellos reconstruyeron el altar y levantaron el sagrado templo que debía tener gloria eterna.
13Nehemías, de glorioso recuerdo, reconstruyó nuestra ciudad en ruinas, reparó la muralla derruida y puso puertas y cerrojos.
Los patriarcas primitivos
14Pocos ha habido en el mundo como Henoc: él también fue arrebatado de esta tierra.
15No ha nacido un hombre igual a José, jefe de sus hermanos y gloria de su pueblo; su cuerpo fue enterrado cuidadosamente.
16Sem, Set y Enós también recibieron honores, pero la gloria de Adán es superior a la de cualquier otro ser viviente.